Que cuidado me da a mi... por Antonio Cabrero Díaz

30.09.2013 00:00

 

Hola amiguitas y amiguitos de PB Agujúo, aquí estamos otra vez (pensaba que estas palabras nunca las volvería a escribir). Después de un breve paréntesis Libertalia vuelve con todos vosotros para alegría de unos y tristeza de otros.

A continuación van a leer un artículo que habla de mí mismo, o de una característica que puedo tener en común con muchos lectores, tener una fuerte personalidad.

Antes de comenzar debo recordarles que el rey de España ha vuelto a operarse, o lo que es lo mismo, vamos a tener que pagar un poquito más. A ver si hay suerte y llegan los recortes a la casa real y así nos podemos ahorrar unos eurillos.

En fin, voy a dejar de soñar, y sin más, esperando que les guste, y que les disguste, les dejo con:

 

QUE CUIDADO ME DA A MÍ…”

 

Hay una terrible preocupación en los ciudadanos de las sociedades modernas que incluso a veces no les deja dormir, y que les provoca un malestar general. Una horrorosa sensación que les lleva a no sentirse a gusto, y a dejar de formar parte de los seres maravillosos y perfectos que programa y diseña la sociedad de consumo y bienestar.

El hecho de caer mal es un drama terrible para un ciudadano medianamente acomodado y con éxito. Esto es incluso inadmisible en un mundo donde el hombre y la mujer deben ser perfectos, y en el cual no hay cabida para los que provocan rechazo.

Hace una semana, tomando unas cañas en el Parque Aluche, me dijo un colega que tal chica decía de mí que era un gilipollas, y que le caía realmente mal.

Esto no es la primera vez que me pasa, ya tengo una edad, y una larga vida social, y es normal que la gente sin conocerte se cree su propia imagen de ti.

Pienso que este es un fallo importante en nuestra sociedad. El hecho de juzgar y calificar a la gente sin apenas conocerla conlleva que la mayoría de las veces acabemos cayendo en el error.

Yo admito que si una persona no me conoce o me conoce de una breve conversación, pueda pensar que soy un borde, un prepotente, un chulo, un tipo sin formación ni escrúpulos, sin conciencia, y bastante gilipollas.

Sinceramente creo que no es mi problema. El problema lo tiene el que prejuzga sin conocer realmente a la persona que tiene enfrente, y provoca que poco pueda hacer yo al respecto para cambiar la situación.

Los seres que se creen perfectos es lógico que no puedan ver o entender que los que somos imperfectos a veces no somos tan malos y degenerados como parecemos, aunque por otra parte puede que estén acertados y nos descubran tal como somos.

Sea lo que fuere, a mí particularmente me da completamente lo mismo lo que la gente pueda pensar de mí. Es más, desde muy joven siempre he preferido que me consideren un ser nada recomendable, ya que esto te evita un montón de problemas y situaciones extrañas.

Tengo que reconocer que cuando eres niño fastidia un poco que el más guay del cole pase de ti, o que la niña más popular no te pueda ni ver, pero todo eso con una breve conversación paternal se soluciona.

Me acuerdo que un día de verano de hace muchos, muchos, años le dije a mi madre, “oye mama menganito no me habla y yo no le he hecho nada”, a lo cual mi madre contestó con la sabiduría e inteligencia que la caracterizaban, “¿tú desayunas todos los días?”, yo extrañado le respondí, “¡pues claro, me lo haces y me lo das tú! “Pues eso”, contesto ella. “Pues eso, ¿qué?, pregunté yo.

La verdad es que no entendía nada, me preguntaba que tenía que ver una cosa con la otra, y que igual mi madre se había vuelto loca. Mientras yo andaba con estas cavilaciones, de repente se puso a cantar lo siguiente:

Que cuidado me da a mí

Que pases y no me hables,

Si yo no me desayuno

Con buenos días de nadie”

Entonces lo comprendí todo, y aprendí una gran lección para siempre, la importancia que tiene quererse a uno mismo, y querer a los que te aprecian de verdad, comprendiendo que no importa todo lo demás.

A día de hoy casi prefiero caer mal a la gente, y es que cuanto menos personas te hablen menos problemas tienes, y más si estas son “arrimaos”, “iluminaos”, “importantes”, “pudientes”, “malintencionados”, o “nuevos adinerados”.

La especie humana tiene un gran defecto que no les deja ser del todo libres, es LA ENVIDIA, la cual provoca que queramos ser más que los que tenemos al lado, en lo que sea, como sea, y en donde sea.

Este gran defecto produce que haya personas que se alegren de que la gente no te hable, o de que caigas mal, porque ello supone que como a ellos si les hablan y caen bien son un poco más importantes y mejores que tú, aún a costa de una frágil amistad fingida.

Lo que muchos de estos seres aspirantes a inteligentes deberían advertir es que hay personas que igual son bordes y estúpidas ante ellos porque en realidad no les interesa ni su vida ni sus historias, y no encuentran mejor manera que esa de quitárselos de encima.

Queridos amigos yo voy a seguir como hasta ahora, saludando a quien me apetezca saludar, alternando con quien me apetezca alternar, opinando sobre lo que me apetezca opinar, y viviendo mi vida como me apetezca vivirla, sin molestar a nadie y sin meterme en los asuntos de nadie.

Al que le guste, bien, y al que no le guste puede pensar lo que quiera, porque a mí cuando me cruce con él o con ella, lo único que se me pasará por la cabeza es la copla que tan bien me cantaba mi querida y añorada madre.